Villar impulsa certificación internacional por la Joint Commission para el Hospital de Clínicas
El Hospital de Clínicas atraviesa uno de los procesos de transformación más ambiciosos de su historia. Con once obras en ejecución, una inversión que superará los 100 millones de dólares y un horizonte fijado en 2030, el centro universitario busca posicionarse como un hospital de referencia regional. Para su director, Álvaro Villar, el cambio más profundo no pasa solo por la infraestructura sino por la cultura organizacional.
“Un sistema de salud tiene que basarse en hospitales públicos fuertes y en un hospital universitario innovador fuerte que innove”, resume, al trazar una visión que combina asistencia, formación e investigación.
En ese camino, Villar fija una meta concreta: convertir al Clínicas en el primer hospital de Uruguay certificado en calidad por la Joint Commission International, considerada el estándar más exigente a nivel global. “No estamos inventando nada, el mundo ya fue hacia ahí. Nosotros tenemos que alcanzar ese nivel”, señala.
El proceso ya está en marcha. El hospital obtuvo habilitaciones clave, avanzó en certificaciones parciales —como la maternidad bajo normas ISO 9001— y trabaja en la estandarización de protocolos clínicos. La lógica es clara: reducir riesgos, mejorar la seguridad del paciente y garantizar procesos auditables.
“La cama de un hospital hoy es más insegura que una moto”, advierte Villar, para ilustrar el desafío. “La única forma de revertir eso es con protocolos estrictos y certificaciones independientes”.
La acreditación internacional implicaría, además, un salto en la confianza pública y en la proyección del sistema de salud. “Lo más importante es que la gente sepa que se atiende en un lugar con estándares comprobados, no por confianza personal sino por evidencia”, explica.
Continuidad y gestión: una discusión pendiente
Más allá de los objetivos técnicos, Villar introduce un planteo que apunta al corazón del sistema: la necesidad de estabilidad en los cargos de dirección.
“Si querés hacer cambios reales, no hay cambio posible en dos o tres años. Una persona tiene que estar al menos diez años para poder gestar transformaciones”, sostiene.
Su experiencia al frente del Hospital Maciel —donde permaneció cerca de una década— es, según afirma, una prueba concreta de esa lógica. “Pudimos hacer muchas cosas porque hubo continuidad de equipos”, indica.
El contraste con la realidad actual es marcado. Villar cuestiona la rotación frecuente de directores en hospitales públicos, fenómeno que atribuye no a fallas individuales sino a un problema estructural. “No es un tema moral ni de inteligencia. Es un sistema de financiamiento político que condiciona las designaciones”, afirma.
En ese esquema, los cargos de dirección terminan vinculados a cuotas partidarias, lo que —según su análisis— debilita la idoneidad y afecta la calidad de gestión. “Se prioriza la pertenencia política por sobre la capacidad. Y eso termina impactando en el funcionamiento del sistema”, advierte.
El resultado, sostiene, es paradójico: “El mismo sistema que ayuda a ganar elecciones después contribuye a perderlas, porque la gestión no es buena”.
Para Villar, la discusión debe darse sin simplificaciones. “Primero hay que preguntarse si queremos que los cargos duren más. Si la respuesta es sí, entonces hay que cambiar el sistema que hoy lo impide”, plantea.
Cultura, política y renovación
Aunque reconoce las tensiones del sistema, Villar no adopta una visión negativa de la política. Por el contrario, la define como una experiencia valiosa, aunque no excluyente a la hora de generar cambios.
“Hay muchas formas de mejorar la sociedad. La política es una, pero la cultura también tiene un impacto enorme”, reflexiona, en línea con una mirada que incorpora dimensiones más amplias del desarrollo social.
En paralelo, enfatiza la necesidad de renovación generacional dentro de las estructuras de dirección. “La creatividad y el rendimiento intelectual cambian con la edad. Tenemos que darle más espacio a los jóvenes”, señala.
En ese sentido, destaca la formación de nuevas generaciones de profesionales. “Los residentes de hoy tienen una preparación superior a la que teníamos nosotros. Eso es algo que hay que reconocer”, afirma.
Un horizonte a largo plazo
El proyecto del Clínicas combina infraestructura, calidad asistencial y cambio cultural. Pero, sobre todo, requiere tiempo.
“El objetivo no es solo construir un block nuevo. Es que la calidad de los diagnósticos y tratamientos esté certificada por organismos independientes”, subraya Villar.
“Cuando uno asume una responsabilidad, tiene que darlo todo”, concluye.
“Me siento en parte cubano”
La relación de Álvaro Villar con Cuba trasciende lo profesional y se instala en el terreno de lo personal. Vivió allí más de una década, entre la adolescencia y la juventud, en una etapa que considera decisiva en su formación.
“Me siento en parte cubano”, afirma. “Fueron años fundamentales, hice amigos y recibí una formación que marcó mi vida”.
Su testimonio adquiere un tono especialmente enfático al recordar el contexto en el que fue recibido como exiliado. “Cuba hizo por nosotros algo que pocos países harían. No tenían recursos y aun así compartían lo que tenían”, señala.
Entre los ejemplos que menciona, destaca la asignación de viviendas para familias extranjeras en nuevos complejos habitacionales y el acceso gratuito a la educación. “Nos daban todos los libros. Nos permitieron estudiar en lugares de alto nivel, incluso por encima de lo que muchos cubanos podían acceder”, recuerda.
Esa experiencia, asegura, genera un compromiso permanente. “Hay una deuda moral que voy a tener toda la vida”, sostiene.
Al referirse a la situación actual del país, Villar admite que le duele. Pero evita simplificaciones y pone el foco en la dimensión humana de la experiencia vivida. “Más allá de cualquier análisis, lo que recibimos fue enorme”, concluye.






