Un mundo corre y el Estado uruguayo camina
Hay una escena que se repite demasiado en Uruguay. Una empresa quiere invertir, un emprendedor quiere comenzar, un ciudadano necesita una respuesta, una institución pretende avanzar y, en algún punto del camino, aparece el Estado. Y entonces comienza la espera.
Un expediente pasa de una oficina a otra. Una firma aguarda otra firma. Una resolución necesita una nueva resolución. Un trámite que podría resolverse en días termina consumiendo semanas. Y cuando finalmente llega la respuesta, muchas veces el mundo ya cambió.
Ese es uno de los grandes desafíos que Uruguay tiene por delante y que todavía no parece haber asumido en toda su dimensión: el mundo está corriendo y nosotros seguimos caminando a la velocidad que nos permiten nuestras viejas estructuras burocráticas.
No se trata de una crítica al Estado como concepto. Uruguay necesita un Estado fuerte, presente, profesional y capaz de garantizar derechos. El problema es otro. El problema aparece cuando el Estado confunde estabilidad con inmovilidad, prudencia con demora y procedimiento con resultado.
Durante décadas, la lentitud uruguaya fue casi una característica cultural.Pero el mundo dejó de tener esa lentitud.
La revolución tecnológica modificó la velocidad de las decisiones. Una empresa puede nacer en un país y vender en cien mercados desde el primer día. Una inversión puede trasladarse de un continente a otro con un clic. La inteligencia artificial está modificando profesiones enteras. La automatización está transformando industrias. Las cadenas de producción se reorganizan permanentemente y los países compiten por inversiones, conocimiento y talento.
En ese escenario, la velocidad también es una política económica.





