La casa que soñamos
Según los datos del Instituto Nacional de Estadística, más de 55% de los hogares uruguayos tiene vivienda propia o está pagando un crédito hipotecario. Sin embargo, detrás de ese número se esconde una sensación que muchos comparten: la de que acceder a una vivienda digna es cada vez más difícil. La casa propia, ese anhelo que durante décadas fue sinónimo de estabilidad y progreso, parece haberse alejado del horizonte de buena parte de la clase trabajadora.
Alquilar se volvió la norma. Los precios suben y el salario no siempre acompaña. Muchos uruguayos viven “de prestado”. El sueño de la propiedad se aplaza, se fragmenta o, directamente, se abandona. La realidad es que, en los últimos veinte años, el porcentaje de propietarios cayó del 70% al 55%, mientras el alquiler creció más del 30%.
En este contexto, el debate sobre la vivienda se vuelve urgente. Ya no se trata solo de construir más casas, sino de pensar qué significa “tener vivienda” en un país que cambia, donde las familias son diversas y las desigualdades territoriales se profundizan.
La vivienda no puede reducirse a una transacción inmobiliaria; es un derecho que involucra salud, educación, convivencia y dignidad. Detrás de cada techo hay una historia de vida, una oportunidad de arraigo, un punto de partida para construir comunidad.
Si la política habitacional logra integrar esos matices, si los programas dialogan entre sí y si el Estado mantiene su compromiso de cercanía, quizás podamos empezar a acortar la distancia entre el sueño y la realidad. Porque el derecho a la vivienda no se mide solo en ladrillos ni en metros cuadrados: se mide en bienestar, en seguridad y en la posibilidad de mirar el futuro sin miedo.




